EL VALOR DE LAS CANAS: ¿Moda o Cambio Social?

La reivindicación contemporánea de la vejez no es solamente una moda cultural. Es el intento de producir nuevas narrativas para una sociedad que, por primera vez en la historia, vive masivamente décadas después de la adultez.

Como señala Ricardo Iacub, la vejez no es un dato puramente biológico sino una construcción social atravesada por sentidos, expectativas y  sobretodo, regulaciones. En ese marco, envejecer implica también aprender a habitar una identidad que muchas veces ya viene definida: la del retiro, la pasividad, la dependencia. Pero esa narrativa no es neutra; organiza jerarquías, distribuye valor y, sobre todo, anticipa exclusiones.

Simone de Beauvoir lo advirtió con severidad: la vejez es producida como otredad. No solo se envejece en el cuerpo, sino en la mirada social que reduce, infantiliza o vuelve invisible. En ese gesto hay una forma persistente de violencia simbólica que prepara el terreno para desigualdades muy concretas.

Lo veo en escenas mínimas, casi domésticas. Mis colegas más jóvenes suelen burlarse de mis tribulaciones con ANSES; yo acompaño esa risa, exagero el enojo hasta lo satírico. Pero  todas sabemos que en esa risa hay algo más: una mezcla de negación y de miedo. Como si la vejez fuera siempre la de otrxs. Como si el tiempo pudiera suspenderse indefinidamente para algunxs, o como si la precariedad y el destrato fueran experiencias evitables, ajenas.

Pero no lo son. Y, de hecho, algo más profundo está en juego: no estamos solo frente a un problema de percepciones, sino ante una transformación histórica.

Hoy distintos enfoques hablan de una verdadera “revolución de la longevidad”: por primera vez, grandes sectores de la población no solo viven más años, sino que lo hacen con mayores niveles de autonomía y actividad. Este corrimiento altera de manera directa los mercados laborales, tensiona los sistemas previsionales y reconfigura las relaciones intergeneracionales. En otras palabras: la vejez dejó de ser un margen del sistema para convertirse en uno de sus ejes organizadores.

En paralelo, emerge con fuerza la noción de “economía plateada”, que nombra algo tan evidente como incómodo: las personas mayores no son solo sujetas de cuidado, sino también consumidores y agentes económicos importantes. El consumo, los servicios, la innovación tecnológica y hasta el diseño de las ciudades empiezan a reconfigurarse en torno a esta población. La longevidad ya no es solo un dato demográfico; es un vector que requiere reorganizar la economía y la cultura.

Sin embargo, esta centralidad convive con una paradoja persistente: mientras crece su peso estructural, persiste su desvalorización simbólica.

Como advierte Anna Freixas, “la pobreza de la vejez se fragua en la juventud”. No es una consigna: es una advertencia política. Las desigualdades que atraviesan las trayectorias laborales de las mujeres —la sobrecarga de cuidados, la informalidad, la penalización por maternar, la renuncia a posiciones de mayor ingreso— no desaparecen con el paso del tiempo. Se acumulan. Y el sistema previsional, lejos de corregirlas, muchas veces las cristaliza.

Por eso, seguir hablando de “clase pasiva” no es solo un anacronismo: es una forma de disciplinamiento. Nombrar así a quienes han sostenido la reproducción social durante décadas —muchas veces sin salario, sin reconocimiento y sin derechos— es consolidar una ficción funcional a un orden que necesita invisibilizar ese trabajo para sostenerse.

Frente a eso, la escena de Margarita Bali bailando, creando, proyectando a sus más de ochenta años no debería ser leída como excepción admirable, sino como evidencia de lo que el discurso dominante intenta negar: que la potencia no tiene edad, pero sí condiciones de posibilidad. Que el deseo no desaparece, pero puede ser disciplinado. Que la creatividad existe, pero necesita tiempo, recursos y legitimidad para desplegarse.

Entonces, el problema no es la vejez. El problema es el modo en que nuestras sociedades deciden administrarla.

Aquí un breve resumen del planteo de Freixas

La vejez, especialmente en las mujeres, ha sido históricamente narrada desde el déficit: como pérdida, como declive, como retirada. Este texto se inscribe en otra tradición posible: la que propone pensar el envejecimiento como una etapa con densidad propia, atravesada por tensiones, pero también por una potencia específica. Lejos de idealizaciones ingenuas o miradas catastróficas, se plantea una perspectiva que reconoce tanto los límites como las posibilidades de este momento vital.

En ese marco, se vuelve central cuestionar los estereotipos que organizan la experiencia social de la vejez —y que se intensifican en el caso de las mujeres—: la invisibilización, la desvalorización, el mandato de juventud permanente o, en el extremo opuesto, la caricatura de la pasividad. Frente a ello, el texto propone recuperar la experiencia acumulada, la autonomía, la capacidad de decisión y el derecho a habitar el propio cuerpo sin vergüenza ni sometimiento a estándares imposibles.

La vejez aparece así como un territorio en disputa, no solo individual sino también político. Nombrarse, reconocerse y organizarse como sujetas de derecho forma parte de una agenda aún en construcción, que interpela tanto a las políticas públicas como a los imaginarios culturales. En este sentido, envejecer no es simplemente un proceso biológico, sino una experiencia atravesada por relaciones de poder que pueden —y deben— ser transformadas.

Lejos de la resignación o del imperativo de “envejecer bien” bajo nuevas formas de exigencia, la propuesta es más radical: construir una vejez propia, con margen para el deseo, la contradicción, el humor y la libertad. Una vejez vivida con sentido, que no niegue el paso del tiempo, sino que lo asuma como parte de una trayectoria que sigue abierta. Porque, en definitiva, no se trata solo de vivir más años, sino de disputar cómo queremos vivirlos.

Si aceptamos que envejecer es un proceso socialmente organizado, entonces también es políticamente transformable. Y si la longevidad ya está reconfigurando la economía, el trabajo y los vínculos, la pregunta no es si vamos a adaptarnos, sino cómo y para quiénes.

Porque, en definitiva, no se trata solo de cómo viven hoy las personas mayores. Se trata de qué futuro estamos produciendo para todas.

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