MUJERES CONSERVADORAS

¿Dispuestas a renunciar a sus derechos?

Una cocina luminosa, una torta recién salida del horno, niños sonrientes y un marido que vuelve del trabajo. La escena parece salida de una publicidad de los años cincuenta, pero es cada vez más frecuente en las redes sociales. Las tradwives recuperan una imagen de feminidad que parecía haber quedado atrás. Pero detrás de esa nostalgia hay redes sociales, negocios, política… una nueva disputa de poder.

Hace ya varios años, escuchaba entre mis alumnas y alumnos de la universidad hablar con cierta nostalgia de un tiempo que no habían vivido: el de sus abuelos. Un tiempo imaginado como el del «amor para toda la vida», con la mamá en casa, cocinando feliz, y el papá yendo a trabajar, que al regresar encontraba una casa ordenada, una comida rica esperándolo para la cena y hasta un par de pantuflas para ponerse cómodo. Yo sonreía y les contaba que parte del enfrentamiento generacional de los años 60 había tenido que ver, justamente, con el reproche que aquellos jóvenes les hacían a sus padres por el simulacro de una vida perfecta, que en general ocultaba engaños, frustraciones y mucha insatisfacción reprimida. Y los mandaba a leer a John Cheever.

Lo interesante es que aquella nostalgia que entonces me parecía apenas una fantasía reparatoria hoy vuelve a aparecer, pero con otra forma y otra potencia: ya no como un deseo ingenuo de recuperar un pasado idealizado, sino como un modelo de vida que algunas mujeres reivindican explícitamente y que las redes sociales convierten en aspiración, identidad y, en algunos casos, bandera política. Es el mundo de las tradwives.

Las tradwives —abreviatura de traditional wives— reivindican o representan en redes un modelo de feminidad basado en la maternidad, los roles tradicionales y la vida doméstica dentro del matrimonio. El fenómeno creció especialmente después de la pandemia y se vincula con los discursos de las nuevas derechas, especialmente en Estados Unidos. Hay algo que interesa más que definirlas: ¿qué significa esta nostalgia por el lugar tradicional de las mujeres? ¿Qué nos dicen estas tendencias sobre las luchas por la igualdad y las tensiones con el poder?

Al pensar en este fenómeno recordé tres grandes series que, de distinta manera, nos permiten reflexionar sobre el tema que nos ocupa: Mad Men, Mrs. America y La Batalla de Mary Key. Me interesan no solo como ilustraciones de una época, sino porque las buenas series, como las buenas películas, conforman repertorios con los que una sociedad puede pensarse, discutir o imaginar. En estos casos, por ejemplo, nos permiten pensar qué significa ser mujer, trabajar, cuidar, tener éxito o ejercer poder. La ficción condensa conflictos sociales en personajes y escenas que nos permiten ver, entender o reconocer condiciones culturales que, de otro modo, pueden parecer naturales. Mad Men, por ejemplo, ha sido reiteradamente analizada y citada por la forma en que representa las relaciones entre mujeres, hogar y trabajo en la década de 1960. Yo misma usé varios de sus capítulos para trabajar en el aula justamente estas relaciones.

En Mad Men, Betty Draper encarna a la mujer —podría ser la abuela de mis alumnxs— que hoy recuperan las tradwives: esposa, madre, casa en las afueras, belleza y marido proveedor. Pero la serie también muestra lo que queda fuera de la foto: soledad, frustración y, sobre todo, falta de autonomía. Peggy y Joan, desde el mundo laboral, enfrentan otros costos. La década de los sesenta no era ese paraíso doméstico que hoy se presenta frecuentemente en las redes.

Mrs. America, basada en hechos reales, agrega otra dimensión. Cate Blanchett interpreta a Phyllis Schlafly, una dirigente del Partido Republicano que construyó una enorme influencia política defendiendo los valores tradicionales y oponiéndose a la Enmienda de Igualdad de Derechos. Lo interesante no es la contradicción sino, precisamente, su capacidad estratégica: Schlafly utilizó los códigos de la feminidad conservadora para conquistar un lugar en la esfera pública. La serie ha sido muchas veces analizada como una reconstrucción de la disputa entre feminismo y antifeminismo y de sus resonancias en los debates contemporáneos.

Y Mary Kay Ash suma una tercera pieza: la feminidad tradicional convertida en negocio. Su imperio de cosméticos construyó una poderosa narrativa alrededor de la belleza, la familia, la fe y el reconocimiento femenino en el rol más tradicional.

Las tres historias permiten mirar de otro modo a las tradwives: lo hogareño, lo doméstico, no siempre significa renunciar al poder político. Más bien puede convertirse en una excelente estrategia para conseguirlo.

La paradoja de la tradwife

La escena contemporánea agrega algo nuevo: la mujer que aparentemente abandona la vida pública necesita una enorme exposición pública para sostener esa imagen. Cocina, limpia, cuida, decora. Pero también filma, edita, publica, construye comunidad y monetiza.

Erika Kirk lleva esta paradoja un paso más allá: madre de dos hijos y defensora de los valores cristianos y los roles tradicionales, tras el asesinato de su marido, Charlie Kirk, asumió la conducción de Turning Point USA y se convirtió en una figura central del movimiento conservador estadounidense. En junio de este año encabezó la Women’s Leadership Summit de la organización, donde cobraron visibilidad propuestas como el llamado household voting, un modelo de voto por hogar defendido por algunas influencers y participantes vinculadas al movimiento tradwife. La mujer que reivindica el regreso al hogar ocupa, paradójicamente, un lugar central en la escena política y mediática. La misma estrategia que Phyllis Schlafly, cincuenta años después. La propia Nara Smith, una de las influencers más asociadas con esta estética, acaba de rechazar públicamente la etiqueta tradwife. Dice ser una madre trabajadora y sostiene que comparte las tareas de crianza con su pareja. Sin embargo, continúa explotando la estética doméstica que contribuyó a convertirla en una figura global.

La paradoja es evidente: la renuncia al mundo público puede convertirse en un extraordinario producto para el mundo público.

Hay, efectivamente, una conexión entre estas comunidades digitales y movimientos conservadores que cuestionan el feminismo, reivindican los roles tradicionales de género y llegan incluso a poner en discusión derechos que parecían definitivamente conquistados. La discusión sobre el llamado «un hogar, un voto» resulta particularmente inquietante porque transforma la autonomía política de las mujeres en una cuestión discutible.

Pero ahora me interesa pensar qué hay detrás de esa fantasía. Por qué resuena, qué interpela, qué es lo que falta y hace posible la idealización. Probablemente haya mujeres cansadas de la cultura del rendimiento, de la promesa de la chica-ceo, de la exigencia de trabajar, maternar, cuidar, tener pareja, desarrollarse profesionalmente y, además, disfrutar de todo. La vida doméstica prolija y sin apuro puede funcionar como una fantasía de descanso y estabilidad. La propia expansión del fenómeno se ha relacionado con ese agotamiento y con la decepción frente a ciertos modelos de éxito femenino.

Por estos lados, en Argentina, la posibilidad de elegir la dependencia económica del marido está atravesada por condiciones muy diferentes. Algunos datos señalan que 1,6 millones de personas tienen más de un empleo y el 56,6 % de ese pluriempleo corresponde a mujeres. El 15,5 % de las mujeres ocupadas tiene más de un trabajo, frente al 9,5 % de los varones. A esto se suma otro dato contundente: casi nueve de cada diez hogares monoparentales están a cargo de una mujer.

Por eso, cuando la estética tradwife llega a América Latina, pareciera que no basta con preguntarse si una mujer quiere salir a trabajar o no. Pareciera no ser una cuestión de elección.

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