EL CUIDADO EN DISPUTA

La tarea de sostener la vida sigue recayendo de manera desigual y, muchas veces, invisible. Entre la responsabilidad individual y la necesidad de una organización colectiva, el cuidado se vuelve un terreno de tensión política, económica y afectiva.

«Es que a veces no alcanzan todos los ojos, Amanda… Lo llamo ‘distancia de rescate’, así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija, y me paso la mitad del día calculándola».

Samanta Shweblin

Hay algo que se repite en las conversaciones cotidianas, en las organizaciones y en las familias: el cansancio. Pero no nos referimos a cualquier cansancio, sino a uno difícil de identificar, de nombrar. El de sostener. El de estar. El de anticipar lo que falta, lo que importa, lo que puede perderse o romperse. Es el trabajo de cuidar.

Durante mucho tiempo, el cuidado fue pensado como una expresión natural, una disposición, una habilidad innata, una cualidad, una forma de ser. Algo que a algunas personas, casi siempre mujeres, parecía dárseles naturalmente. Pero cuando nos detenemos a pensar, el cuidado deja de ser un gesto espontáneo y aparece como lo que realmente es: un trabajo. Un trabajo imprescindible para que la vida funcione.

Autocuidado

En los últimos años, además, se volvió frecuente otra palabra: autocuidado. Como si, frente al desgaste creciente, la respuesta fuera hacia adentro. Cuidarse, poner límites, preservar energía. Y, sin duda, hay algo de eso que es necesario. Como advierte Sara Ahmed, el autocuidado no es una práctica individualista cuando las personas se encuentran en contextos difíciles y hostiles. Inspirada en Audre Lorde, entiende el autocuidado como un modo de resistencia, un gesto indispensable para sobrevivir. «Cuidarse a una misma no es autocomplacencia, sino autopreservación».

Pero el problema aparece cuando el autocuidado se vuelve la única respuesta a problemas que son estructurales, que son colectivos. Cuando se transforma en mandato, o en argumento coach para subrayar la responsabilidad individual de un problema que requiere una respuesta organizacional. Cuando se le pide a cada persona que gestione gratuitamente, y en soledad, el costo de sostener lo que es estructural.

Porque el cuidado es siempre el cuidado de alguien o de algo. No ocurre en el vacío. Ocurre en familias, en instituciones, en comunidades que están atravesadas por desigualdades profundas. Y, en esos contextos, no todas las personas cuidan lo mismo, ni en las mismas condiciones, ni con el mismo reconocimiento. Algunas necesitan autocuidarse para poder cuidar; otras necesitan aprender a cuidar.

En las familias, el cuidado sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. No solo en las tareas visibles, sino también en todo aquello que no se ve: organizar, recordar, sostener vínculos, gestionar emociones. Es un trabajo constante, muchas veces silencioso, que se naturaliza como parte del rol.

Las Instituciones del cuidado

En las instituciones, el cuidado no es accesorio: es trabajo. Hay profesiones enteras organizadas en torno a cuidar —salud, educación, seguridad—, donde sostener a otros es la tarea cotidiana. Pero incluso ahí, donde el cuidado es explícito, persiste una pregunta que incomoda: ¿quién se ocupa de quienes cuidan? ¿En qué condiciones lo hacen, con qué recursos, con qué reconocimiento?

Y más allá de esos roles, el cuidado también sostiene a las organizaciones desde lugares que no se nombran. Está en quien escucha, en quien contiene, en quien evita que todo estalle. Ese trabajo, sin embargo, no entra en las métricas ni en las evaluaciones. No se paga, no se distribuye, no se gestiona. Y, justamente por eso, se concentra siempre en los mismos cuerpos.

Desde una mirada crítica, esto no es casual. Para esta línea de los estudios de género, el sistema económico se apoya en ese trabajo de cuidado al mismo tiempo que lo invisibiliza. Tal como argumenta con solidez Nancy Fraser, en «Las contradicciones del capital y los cuidados», se sostienen parasitariamente de la reproducción social. Es decir, dependen de ese trabajo que no remuneran ni organizan.

En la misma línea, Silvia Federici ha mostrado cómo el cuidado fue históricamente relegado al ámbito de lo “natural”, ocultando que se trata de una forma de trabajo fundamental para el funcionamiento del sistema. Algo que se espera que esté siempre disponible, sin costo.

El resultado es conocido: una sobrecarga persistente, distribuida de manera desigual, que se vuelve cada vez más difícil de sostener. Y, frente a eso, el autocuidado aparece como un intento —a veces el único— de poner un límite.

Pero hay algo que no se resuelve a ese nivel. Porque, si el cuidado es lo que hace posible la vida en común, entonces no puede depender de la capacidad individual de resistir. Tiene que ser pensado como una responsabilidad colectiva. Y también, como un derecho.

El cuidado como derecho

En este punto, resulta clave el aporte de Laura Pautassi, quien propone entender el cuidado como un derecho humano fundamental. Esto implica no solo el derecho a cuidar, sino también a ser cuidado y a cuidarse en condiciones dignas. Pero, sobre todo, implica que el cuidado deje de ser un asunto privado para convertirse en una cuestión pública, que requiere políticas, recursos y organización.

Pensar el cuidado como derecho cambia la pregunta. Ya no se trata solo de quién puede o quiere cuidar, sino de cómo se distribuyen socialmente esas responsabilidades. Qué lugar ocupan el Estado, el mercado, las organizaciones y las comunidades. Y qué condiciones se generan para que ese cuidado sea posible sin convertirse en sacrificio.

En un contexto donde todo empuja a acelerar, a producir más, a sostener más, detenerse a pensar en el cuidado puede parecer una frivolidad. Pero no lo es. Porque, en esa trama, muchas veces invisible, se juega algo central: quién sostiene la vida y en qué condiciones.

Tal vez la pregunta no sea solo cómo cuidarnos mejor, sino cómo construir formas de vida en las que cuidar no implique agotarse. Donde el sostén no recaiga siempre en las mismas personas. Donde el cuidado deje de ser una carga silenciosa y se convierta en una práctica compartida, reconocida y posible.

La obra que ilustra esta nota es «Sin título (Tu cuerpo es un campo de batalla)»- 1989 – Bárbara Kruger – EEUU

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