Autoría, transparencia y criterio en tiempos de inteligencia artificial.
Mónica Ambort es periodista. Tiene más de cuatro décadas de oficio, una mirada muy aguda sobre el arte de escribir y una pregunta que le interesa hace tiempo: ¿cómo sabemos, cuando leemos algo, si hay una persona detrás? La conversación que tuvimos sobre escritura, autoría y tecnología terminó siendo el origen de esta nota. Y quizás eso ya diga algo importante: incluso en la era de la inteligencia artificial, las mejores preguntas siguen apareciendo en las conversaciones con las amigas.

René Magritte, La traición de las imágenes, 1929. Bélgica. La representación no es la cosa, eso nos dice Magritte. Pero cuando la representación es obra de la IA: ¿existe la cosa?
Cada vez más personas usan herramientas de inteligencia artificial para trabajar, estudiar, investigar, diseñar clases, resumir textos o escribir contenidos. El periodismo, la comunicación institucional y la producción de conocimiento no son la excepción. La pregunta ya no es si estas herramientas deben usarse o no, sino cómo se usan, con qué criterios y con qué niveles de transparencia.
En Red-Genera trabajamos con herramientas de IA generativa —ChatGPT, Gemini, Perplexity, Claude, entre otras— como apoyo para ordenar información, revisar bibliografía, sintetizar documentos, corregir textos y agilizar procesos de edición. Pero hay algo más difícil de describir, y vale la pena intentarlo.
La IA no solo me ayuda a editar. Muchas veces me ayuda a pensar, a decir lo que quiero decir. Tengo una idea, un argumento, una posición. Pero la dificultad para expresarlo de manera escrita es real. Hago un borrador y cuando le pido ayuda a la IA, muchas veces lo dice más claro, más ordenado, más fluido de lo que yo lo habría dicho. También ocurre algo más: en ese intercambio aparecen conexiones que yo no había visto, desarrollos que no tenía del todo formulados, una sistematización que me permite pensar mejor y comunicar con más precisión.
Entonces, ¿de quién es esta nota?
La pregunta no es retórica ni tiene una respuesta simple. En la historia de la escritura, la autoría siempre fue más ambigua de lo que el mito del genio solitario quiso hacernos creer. Borges dictaba, se lo exigía su ceguera. Muchos autores trabajaron con editores que reescribían con fiereza. Qué sería del prestigio del New Yoker sin su legión de editores. Los equipos de comunicación producen textos que firman otras personas. Lo que llamamos «voz propia» es siempre el resultado de muchas lecturas, conversaciones, influencias, correcciones ajenas. La escritura nunca es absolutamente individual.
Pero, hay que reconocer, que es muy distinto cuando la herramienta es una IA. No solo porque procesa lenguaje a una velocidad y escala impresionantes, sino porque lo hace de una manera que puede volverse imperceptible. Una edición de otra persona deja rastros, tiene estilo, tiene historia. La IA produce un texto que suena plausible, prolijo, neutro. Y esa neutralidad es, en sí misma, una forma de borramiento de lo humano. Para mi los textos producidos íntegramente en IA tienen el sabor metálico de los endulcorantes, es el gusto de lo artificial.
¿Se pierde algo cuando la dificultad para escribir se resuelve con el auxilio de la IA? Esa dificultad, ese forcejeo con las palabras, ¿no es a veces el lugar donde aparece lo más propio, lo más genuino, lo que no estaba formulado todavía? No lo sabemos con certeza. O al menos, yo no lo sé.
Lo que sí tenemos claro en Red-Genera son algunos límites que no traspasamos. No usamos citas, referencias, ni autoras/es que no conozcamos, hayamos leído y discutido previamente. La IA puede sugerir conexiones, pero no define nuestros marcos conceptuales ni nuestras referencias políticas e intelectuales. No reemplaza el criterio, la experiencia ni la sensibilidad frente a los temas que abordamos. Y no reemplaza lo que surge en los intercambios con nuestra comunidad: los desacuerdos, las preguntas problematizadoras, las experiencias concretas que ningún modelo entrenó.
Esta conversación no es solo nuestra. En Argentina, el CAICYT-CONICET publicó un Decálogo para el uso ético de la inteligencia artificial en revistas científicas y académicas (que pueden ver ACA) donde plantea la necesidad de incorporar estas herramientas con criterios de transparencia, supervisión humana y resguardo de la integridad intelectual. La UNESCO, por su parte, viene advirtiendo sobre los riesgos de la reproducción de sesgos, la circulación de desinformación y las amenazas sobre derechos fundamentales que el avance acelerado de la IA puede profundizar, temas que ya hemos tocado en otras ediciones de este News , si les interesa lo pueden leer ACA.
El desafío no es negar la transformación. Es construir criterios éticos y políticos para habitarla. Y, en el camino, animarnos a las preguntas que todavía no tienen respuesta.
¿De quién es esta nota? Es mía. También es nuestra. Y en alguna medida, es de la máquina. Aprender a vivir con esa incomodidad, sin resolverla demasiado rápido, puede ser una forma honesta de estar en este tiempo.


