NI UNA MENOS: La violencia de género y los femicidos vuelven al centro de la agenda pública.

Agostina Vega tenía apenas 14 años. Su femicidio, de enorme repercusión pública, volvió a movilizar a miles de personas en las calles el último 3 de junio. Pero, frente a una violencia que no cede, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué no alcanza? 

El 3 de junio de 2015, algo cambió. No solo en las calles, aunque las calles fueron el epicentro, se convirtieron en hitos históricos, imposibles de ignorar. De repente había palabras para nombrar lo que antes solo era silencio e impotencia. Femicidio. Violencia de género. Ni una menos. Conceptos que pasaron de los márgenes al centro, de los círculos militantes a las conversaciones familiares, a los medios, a las escuelas, a las instituciones.Once años después, seguimos saliendo a la calle. Y la pregunta que flota, incómoda, es la misma: ¿por qué no alcanza? No es una pregunta retórica.

Lo que pasó

El caso de Agostina Vega volvió a sacudir a la opinión pública y arrastró a miles de personas, especialmente mujeres, a la calle. Agostina tenía 14 años. Desapareció el 23 de mayo en Córdoba y fue hallada muerta una semana después. Su caso conmocionó al país días antes del 3J y, junto con los femicidios de Dulce María Candia, de 17 años en Misiones, y Noelia Romero, de 30, en Temperley, fue el motor de la masiva convocatoria de este año. Miles de mujeres y diversidades volvieron a ocupar las calles en todo el país, en una demostración de fuerza que superó las expectativas de las organizaciones convocantes. El documento leído en el acto central señaló que entre el 3 de junio de 2015 y el 24 de mayo de 2026 se registraron al menos 3.205 víctimas letales de violencia de género en Argentina.

Lo que cambió

Cambió mucho, y vale la pena nombrarlo con precisión porque no todo siempre  es lo mismo, ni todo es igual. Hay una generación entera que creció de otra manera. Las chicas que hoy tienen veinte años se formaron en escuelas donde la ESI existe, aunque su aplicación sea despareja y resistida, crecieron con amigas en las que confian y les pusieron nombre a lo que les pasaba, aprendieron a distinguir el acoso de la galantería, el control de la atención, el miedo del amor. Esta generación no tolera lo que toleraron sus madres. No calla lo que callaron sus abuelas. Y eso no es un dato menor: es una transformación       subjetiva profunda en la manera de relacionarse, de construir los vínculos, de entender el amor.

Cambió también el lenguaje, y no es un detalle, porque el lenguaje crea mundos. Femicidio, violencia de género, patriarcado, diversidad, consentimiento, micromachismos: palabras que no existían o no circulaban en el habla cotidiana hace quince años. Nombrar es el primer acto político. Cuando algo tiene nombre, puede denunciarse, discutirse, legislarse. Y cambiaron, al menos en parte, las instituciones. Se crearon protocolos, áreas especializadas, líneas de atención, marcos legales. Las mujeres  pueden denuncian, porque están aprendiendo que denunciar tiene sentido.  Todo esto ocurre. Todo esto importa.

Y sin embargo los femicidios no paran… 

Pero no alcanza

La violencia de género es un problema complejo, con profundas raíces culturales. Once años de cuestionamiento, de discusión, de sensibilización no parecen suficientes para producir el cambio que se requiere, porque el cambio cultural no es rápido ni homogéneo, y las estructuras sociales ofrecen resistencias que no ceden con la sola conciencia. Sin instituciones que funcionen, recursos sostenidos en el tiempo y políticas que no dependan del gobierno de turno, ese cambio se vuelve frágil. Muy visible en la superficie, inconsistente en lo profundo.

La violencia de género es transversal a las clases sociales, a las edades y a las ideas políticas. Atraviesa gobiernos, estructuras sociales, instituciones de todo tipo. Pero las herramientas que permiten enfrentarla sí dependen de decisiones colectivas: qué se financia, qué se legitima, qué señales emite el Estado sobre lo que importa. Desde su asunción, el gobierno nacional recortó el 89% del presupuesto destinado a la atención de la violencia machista. No es solo un dato político: es una condición que tiene efectos reales en los vínculos, en las instituciones, en lo que cada persona tolera o normaliza.

Lo que se escuchó distinto

En 2026 algo se modificó en la convocatoria. Por primera vez con esta claridad, el reclamo se dirigió directamente a los varones, no para pedirles que acompañen, sino para exigirles que cambien. Durante años los feminismos construyeron su fuerza hacia adentro: las mujeres se organizaron, se nombraron, se sostuvieron entre sí. Era necesario y urgente. Pero siempre supo que el problema no se resuelve solo entre quienes lo padecen. La violencia machista, por razones de gènero,  la ejercen, en su enorme mayoría, varones. Y son los varones quienes tienen acceso a los espacios, los vínculos y los momentos donde esa violencia se habilita, se naturaliza, se legitima, o se frena. Este 3J también les habló a ellos. Les pidió que hablen cuando un amigo hace un chiste que degrada. Que discutan el chiste fácil en los vestuarios, que rechacen la foto denigrante en los grupos de WhatsApp, que hablen en las reuniones de trabajo, en las sobremesas familiares.  Que entiendan que mirar para otro lado no es neutralidad: es una forma de legitimación. Lo que se les pide ahora es más concreto y más difícil:  revisar la cultura que los formó, cuestionarla en voz alta y cambiarla desde adentro.

 Ya no alcanza con no ser el problema. Se les pide que sean parte activa de la solución.

Por qué marchamos 

Hay una pregunta que aparece cada año, a veces con cansancio, a veces con genuina indignación: ¿para qué marchar si los femicidios no paran?Es una pregunta legítima. Marchar no detiene directamente a un agresor. No cambia la letra de la ley, pero genera las condiciones de posibilidad, obliga a que los poderes de la republica reparen en la necesidad. Hace algo que ninguna decisión  o política pública puede hacer sola: convierte en hecho colectivo y visible lo que miles de mujeres viven en soledad y en silencio. Cada mujer que sale a la calle lleva consigo su propia historia, o la de alguien cercana., o la empatía con otras miles de historias. Y en el momento en que esa historia se encuentra con miles de otras, deja de ser un drama privado para convertirse en una demanda política. Eso es lo que produce la marea: no solo presencia, sino reconocimiento. La certeza de que lo que me pasa no es solo mío, no es mi culpa, no es inevitable. Marchar también sostiene algo más difícil de medir: el estado de alerta colectiva. La señal de que hay una parte de la sociedad que no se acostumbra, que no normaliza, que cada nuevo femicidio le sigue pareciendo inaceptable. En un contexto donde el discurso oficial tiende a negar, a descalificar, a criminalizar, esa señal importa. El documento del movimiento lo sintetizó con precisión: «Frente a la crueldad, más comunidad.»

Once años de 3J no son once años de fracaso. Son once años de un grito sostenido —Ni Una Menos— que dice que en este país algo no se rindió. Que hay personas dispuestas a volver a la calle cada vez que haga falta, a poner el cuerpo, a decir los nombres, a negarse a olvidar. Mientras ese grito exista, la pregunta de para qué marchar tiene respuesta.

Compartir este artículo: