Amigas, hablemos de Plata

Una pregunta aparentemente sencilla puede abrir una conversación incómoda: ¿cuánto ganás? Preguntar, negociar, ahorrar, invertir, decidir sobre nuestro dinero. Cosas que hacemos todos los días, pero de las que nos cuesta hablar.  Tal vez porque la plata nunca sea solamente plata: también habla de autonomía, reconocimiento y poder.

Hace unos días le pregunté a una colega cuánto ganaba en la consultora donde trabajaba. Lo hice espontáneamente, mientras hablábamos de su trabajo, de las condiciones laborales, una típica conversación de colegas. La pregunta la hice descuidadamente, sin demasiada conciencia, hasta que le vi la cara. Me dijo que no le parecía bien hablar de plata, de cuánto ganaba. Que era algo que la incomodaba. Y entonces me incomodé yo. No sabía cómo salir de la situación. Pedir disculpas me parecía exagerado; insistir, desubicado. Así que sutilmente cambiamos de tema, pero la pregunta me quedó dando vueltas. ¿Por qué para las mujeres preguntar cuánto ganás es tan diferente a preguntar cuánto pagás de alquiler, cuánto te costó un viaje o una cartera? Por qué a las mujeres nos cuesta hablar de plata; negociar nuestros salarios; poner precio a nuestro trabajo. Muchas todavía tememos invertir y nos sentimos inseguras a la hora de tomar decisiones que impliquen mucho dinero. 

Tal vez porque el dinero nunca es solamente dinero, porque está siempre en lugar de otra cosa. Cuando preguntamos cuánto gana alguien también preguntamos, aunque no lo digamos, cuánto vale su trabajo, cuánto reconocimiento recibe, qué lugar ocupa y, fudamentalmente, cuánto poder tiene para decidir sobre su propia vida.

Me acordé entonces de Clara Coria, la leíamos allá lejos y hace tiempo, a finales de los 80.  El sexo oculto del dinero (1986),  sigue teniendo una rotunda actualidad. Coria se ocupó de mostrar que nuestra relación con el dinero también está atravesada por el género y que no alcanza con tener ingresos propios para ser verdaderamente autónomas. Porque lo que importa es cómo nos relacionamos con esos ingresos, cuánto nos permitimos reclamar, negociar, gastar, acumular.

Porque una cosa es ganar dinero y otra, bastante diferente, es sentirnos autorizadas a defender nuestros intereses. Quizás ahí esté una de las razones por las que tantas mujeres podemos sentirnos incómodas cuando llega el momento de negociar. Podemos hablar durante horas de nuestro trabajo, contar todo lo que hacemos, demostrar experiencia y compromiso, pero cuando tenemos que decir cuánto queremos cobrar aparece una especie de pudor. Como si ponerle un precio a nuestro trabajo tuviera algo de vergonzoso, de impertinente.

Ahorrar, invertir, construir patrimonio, pensar en el futuro. Durante mucho tiempo, estos temas parecieron pertenecer al universo masculino. No es casual que en los últimos años hayan surgido iniciativas como Mujer Financiera o Amiga! Hablemos de Plata, entre muchas otras influencers del mundo de las finanzas. Yo creo que estas mujeres son autenticas pioneras y han hecho mucho por democratizar la información financiera y darle (sobre todo a las nuevas generaciones) valiosas herramientas para administrar, invertir y tomar decisiones con relación al dinero. Pusieron el dinero y sus complejidades económico-financieras en agenda.

Por ejemplo, «Amiga, hablemos de plata, se define  «un proyecto político–cultural sobre mujeres, dinero y poder económico. Es educación financiera, sí, pero también es , y una narrativa alternativa que muestra que entender de dinero nunca fue opcional», una muy interesante iniciativa para alimentar esta conversación.

Porque quizás una de las mejores maneras de aprender sea preguntarnos entre nosotras. ¿Cuánto cobrás? ¿Cómo negociaste ese aumento? ¿Ahorrás? ¿Invertís? ¿Qué hiciste con ese dinero? ¿Sabés qué opciones tenés? Preguntas que durante mucho tiempo parecieron indiscretas y que podrían empezar a convertirse en herramientas de autonomía.

Pero tampoco quisiera que este tema aparezca un nuevo mandato de la mujer que, además de trabajar, cuidar, criar y desarrollarse profesionalmente, tiene que saber invertir. No todas estamos en el mismo lugar. Una nota publicada recientemente por Infobae mostró que las mujeres menores de 25 años tienen hoy tasas de morosidad particularmente altas, en un contexto marcado por el desempleo, los salarios bajos  y la informalidad laboral.

¿Podemos ahorrar?

No todas estamos pensando qué hacer con los ahorros. Muchas estamos tratando de llegar a fin de mes. Por eso hablar de autonomía económica exige mirar las dos cosas: las condiciones que hacen posible tener dinero y la posibilidad de decidir sobre él cuando lo tenemos.

No todas partimos del mismo lugar ni tenemos las mismas posibilidades. Hay quienes pueden pensar en una inversión a largo plazo y quienes necesitan administrar cada peso para llegar a fin de mes. Hay quienes tienen ingresos propios pero viven endeudadas, quienes sostienen económicamente a otras personas y quienes todavía dependen de alguien más para tomar decisiones sobre su dinero. Por eso la autonomía económica no puede medirse solamente por cuánto dinero tenemos, sino también por las condiciones que nos permiten obtenerlo y por la capacidad real de decidir qué hacemos con él.

Porque cuando no hablamos de plata perdemos también la posibilidad de comparar experiencias, reconocer desigualdades, aprender unas de otras y descubrir que quizás estamos cobrando menos de lo que corresponde o que existen opciones que nunca nos explicaron. El silencio no afecta a todas de la misma manera. A veces protege la intimidad; otras veces protege las reglas de un juego que no definimos y no terminamos de conocer.

Por eso me interesa recuperar la pregunta, no como una obligación de contestarla sino como una posibilidad. ¿Cuánto cobrás? ¿Cómo negociaste ese aumento? ¿Cuánto te pagan por hacer esto? ¿Cómo organizás tus gastos? ¿Ahorrás? ¿Invertís? Preguntar puede ser también una forma de compartir información y construir saberes que durante mucho tiempo nos fueron esquivos. 

Entre amigas, entre colegas, entre madres e hijas. Hablar de plata puede ser una forma de acompañarnos, de compartir información y también de preguntarnos por las condiciones que hacen posible nuestra autonomía.

Y quizás podamos empezar con una pregunta que todavía nos cuesta hacer: ¿cuánto ganás?

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